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El pionero de la mecanización del campo

El estadounidense Cyrus McCormick consiguió desarrollar una cosechadora mecánica tirada por caballos que agilizó y facilitó el trabajo de recolección agraria y ampliar los terrenos de cultivo

DAVID VALERA | Madrid

El trabajo en el campo siempre se ha caracterizado por su dureza. Aunque la aparición de la agricultura se remonta a los primeros tiempos de la humanidad –fue clave para que los pueblos nómadas se convirtieran en sedentarios y a partir de ahí se desarrollasen las primeras ciudades y civilizaciones– las innovaciones técnicas en esta área se han mantenido relativamente inalteradas durante milenios. Las herramientas agrarias no pasaban, en el mejor de los casos, de ser arados tirados por caballos o mulos. Sin embargo, en la recolección toda la actividad se tenía que realizar de forma manual. Esta circunstancia, además de suponer una tarea ardua, también limitaba considerablemente la cantidad de tierra cultivable, puesto que a más hectáreas, más mano de obra era necesaria. Un problema que empezó a solucionarse en el siglo XIX de la mano del estadounidense Cyrus McCormick, pionero de la mecanización del campo.

El futuro inventor nació en 1809 en la hacienda que tenían sus progenitores en el condado de Rockbridge, Virginia. Era el mayor de ocho hermanos y tuvo una infancia ligada al campo. A pesar de que la plantación familiar contaba con varios esclavos para realizar las tareas agrarias, McCormick también tuvo que trabajar en algunas de ellas por deseo de su padre Robert. Precisamente, su figura sería también clave en el desarrollo de la cosechadora. Y es que el proyecto de crear una máquina capaz de aliviar las tareas de recolección en el campo fue de su padre, aunque a pesar de varios intentos no fue capaz de poner en marcha el artilugio.

Pero McCormick tomó el testigo de llevar adelante el sueño de su progenitor. Así, a pesar de no haber disfrutado de una formación académica muy elevada se puso a trabajar en dicha máquina. Su conocimiento de las labores agrarias y su ingenio compensaron su falta de estudios. La primera demostración pública de su cosechadora se realizó en 1831, en el pueblo cercano de Steeles Tavern (Virginia). El artilugio que presentó fue una segadora que permitía hacer el trabajo de cinco personas. A pesar de que fue patentada, su funcionamiento no debió ser muy eficaz y no logró convencer a los agricultores para que la utilizaran. Algo que no le hizo perder el ánimo ni desistir. De hecho, siguió trabajando para mejorar su máquina.

Tras varios años de esfuerzos en 1840 presentó su invento mejorado y convertido ya en una cosechadora más fiable. El artilugio era capaz de cortar el trigo gracias a una serie de cuchillas autónomas colocadas en una plataforma circular que giraba para segar el cereal según avanzaba tirada por caballos. Al mismo tiempo, los tallos cortados se situaban en una plataforma situada en la parte detrás de la máquina. Es decir, su invento permitía cortar y recoger de forma automática y veloz la siembra y hacer el mismo trabajo que requería una cuadrilla de 40 hombres. Sin embargo, costó que este avance fuese aceptado por los trabajadores agrarios. Y es que, dos años después de presentar su cosechadora, sólo había vendido siete unidades. La construcción doméstica de estas cosechadores en su granja familiar tampoco ayudó a una producción más potente.

Traslado a Chicago

Pero si McCormick había demostrado algo era que no se daba por vencido. Con el dinero de sus primeros clientes consiguió los recursos necesarios para trasladarse junto a uno de sus hermanos a Chicago. Allí accedió a las fábricas que necesitaba para poder montar en cadena su cosechadora y ampliar el mercado. En ese tiempo tuvo serios problemas con su patente, puesto que varios inventores reclamaron haber desarrollado una máquina similar antes que él. Los problemas legales por este motivo le acompañarían el resto de su vida en continuas e interminables batallas judiciales.

Sin embargo, los éxitos de ventas de su máquina cada vez eran mayores. Y es que la cosechadora permitía extender la cantidad de tierra cultivada porque su recolección era más sencilla y rápida. En 1856 fabricaba unas 4.000 segadoras al año en lo que fue toda una revolución en el campo. Por primera vez las máquinas –aunque todavía ayudadas por caballo– entraban de forma masiva en ese sector. Su reputación le llevó a exportar su invento hasta Reino Unido. Convertido ya en un empresario de éxito falleció en 1884.   

La revolución industrial en la agricultura

La mecanización del campo fue un proceso muy lento. Hasta la revolución industrial prácticamente todos los trabajos se hacían a mano. Después inventos como la cosechadora de McCormick ayudaron a avanzar mediante la automatización de parte del trabajo –en este caso recolección–. Sin embargo, la fuerza motora seguían siendo los caballos. El siguiente paso se dio con la energía a vapor, lo que permitió la aparición de motores de tracción que ampliaban la potencia de las máquinas agrarias. Además de permitir una mayor superficie de cultivo y ganar en rapidez, esta maquinaria permitió incorporar remolques, lo que a su vez permitía más autonomía a los trabajos y más capacidad en la recolección.

Pese a todo, estos tractores eran todavía muy lentos. Hubo que esperar hasta la llegada de los motores de combustión para dar un paso más en la revolución agraria.  Además, cada vez aparecieron máquinas más especializadas para cada tarea en el campo. Así, a las cosechadoras y tractores se unieron trilladoras, empacadoras, fumigadoras... Todos estos avances permitieron realizar una agricultura mucho más expansiva. Sin embargo, para ello era necesario tener dicha tecnología. Algo que no se podían permitir todos los países. Es el caso de España, donde la llegada de estas máquinas de forma masiva se retrasó enormemente respecto a los países más avanzados como EEUU o Reino. Aquí hubo que esperar hasta bien entrado el siglo XX para poder aprovechar estos avances tecnológicos.