En el Día de Internet, es normal echar la vista atrás y asombrarnos de cómo la comunicación instantánea y descentralizada ha transformado nuestra sociedad y ha convertido el conocimiento en nuestro principal activo. Paradójicamente, el ámbito educativo y la transmisión del conocimiento han tardado en sumarse a la revolución digital. La Internet de los años 90 se llenó rápidamente de grandes repositorios educativos, pero pronto vimos que estos contenidos, áridos y poco excitantes, languidecían mientras los usuarios intentaban consumirlos a golpe de fuerza de voluntad: estos documentos nunca podrían inspirarnos o hacer que descubramos nuestra pasión por una materia. La pasión de un profesor entregado y la influencia que puede ejercer sobre los alumnos no se pueden sustituir por una máquina. De hecho, citando a Arthur C. Clarke, «si nuestros profesores pudieran ser sustituidos por máquinas, tal vez deberían serlo». Esto no significa que debamos quedarnos anclados en un modelo de aula tradicional. Internet y la tecnología están revolucionando la educación de manera muy profunda, y lo están haciendo desde una nueva visión que pone a los alumnos como centro de todo el proceso y al profesor como guía que se vuelca en orientar a esos alumnos. Este modelo está más alineado con la visión original de Internet, acercando a las personas y ofreciéndoles nuevas formas de comunicarse para aumentar su potencial.

Así, a día de hoy, contamos con cursos abiertos de altísima calidad, pero organizados para ser consumidos en grupo, en un proceso colaborativo de construcción del conocimiento. Tenemos profesores que llegan a millones de alumnos simultáneamente a través de las plataformas digitales. Y contamos también con universidades en Internet, pero centradas en el contacto personal y el aprendizaje humanizado, donde la tecnología no es un fin, sino un canal que ayuda al docente a comunicarse más rápido y mejor con alumnos geográficamente dispersos.